No son lo que parecen

Nos rodean. Los usamos para comer, beber, despertarnos, hacer el amor, limpiarnos, jugar, viajar...

Dormimos sobre ellos. Hablamos a través de ellos. Los introducimos en nuestros cuerpos, y en los cuerpos de nuestros amantes y en los cuerpos de nuestros hijos. Les confiamos nuestros más oscuros secretos, nuestros anhelos, sueños y pesadillas.

Pero rara vez reparamos en ellos.

Rara vez lo hacemos realmente.

Quizá sea mejor así. Sí, quizá lo sea, porque muchos de ellos no son sólo lo que parecen.

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Pluma inmemorial


En una de estribación del Himalaya, no lejos de la montaña de Hongsam pero a salvo del turista y su cámara fotográfica, destaca, rojo entre la nieve, un pequeño templo de madera y arcilla. No tiene la magnificencia de Potala, ni sus ventanas laqueadas de negro, ni sus zigzagueantes escaleras blancas, pero hay algo en su majestuosa soledad, algo en ese diminuto punto carmesí visto en la distancia, que conmueve el corazón de quien lo ve.
En lo más profundo de ese templo, resguardada del hielo y la ventisca, en un patio interior se alza la que es probablemente la estupa más importante del mundo. Otras podrán ser más grandes o alzarse a mayor altura, pero ninguna (ni siquiera la que en Potala contiene los restos mortales de los Dalai Lamas de épocas pretéritas) puede comparársele, pues ésta contiene en su interior una reliquia sagrada de valor incalculable.
Si los monjes que la custodian nos permitieran atravesar su puerta, veríamos que en el interior hay un pedestal; y, sobre el pedestal, una caja ricamente labrada con motivos geométricos; y en la caja, un píxide de plata con un ojo tallado en cada lado; y en el píxide, sobre un cojín de terciopelo rojo, una simple pluma. Larga, exquisitamente curvilínea, de un añil vivísimo y caña afilada.
Nadie sabe a qué animal perteneció esa pluma de iridiscencias azules. Su especie desapareció, devorada por el océano del tiempo. La pluma, sin embargo, pervive aún sobre el cojín de terciopelo rojo, en el píxide plateado dentro de la caja de madera que descansa en el pedestal.
Es una pluma única en el mundo y, a pesar de que nadie que la haya probado respira aún entre nosotros, corren cientos de leyendas sobre ella.
Dicen que si la empuñas, espinas finísimas, como cánulas invisibles, se clavan por millares en tus dedos, y es tu sangre la que recorre la caña e impregna el papel. Escribir con ella es desovillarse lentamente mientras los verbos van entretejiéndose uno tras otro sobre el lienzo y cobran vida. Dicen que lo primero en desaparecer son los recuerdos de la niñez, las primaveras felices, las semillas de diente de león arrastradas por el viento. El torbellino de acné de la adolescencia se esfuma más tarde a través de los dedos, y mientras el texto se hilvana en el papel, tan vívido que casi podría olerse (y puede olerse, porque es tu sangre), desaparecen tus hijos y tus obras.
Porque aquél que extrajera la pluma de su píxide plateado y la empuñara no tardaría en descubrir que no es él quien agarra la pluma, sino que es la pluma quien lo apresa a él con sus dientes invisibles. Y gozoso, se vaciaría en ella como en una amante mientras va consumiéndose lentamente hasta no quedar nada, hasta que no ser nada, menos que nada, apenas un puñado de ceniza que el viento arrastra sobre las cumbres nevadas.
Afortunadamente, esta pluma (aunque, por supuesto, todas las plumas son en cierta medida la misma pluma) está a buen recaudo, pues doce monjes montan guardia alrededor de la estupa día y noche, orando sin más descanso que el necesario para alimentarse con el tsampa y el thug-pa que los lugareños llevan desde la ciudad de Lhasa cada mañana. Allí están desde el comienzo de los tiempos y allí seguirán en el fin de los tiempos: entonando cánticos de alabanza entre sorbo y sorbo de té caliente con mantequilla de yak, venerando la pluma encerrada en el píxide, en la caja, en su pequeño mausoleo, pues saben tan bien como cualquiera que se detuviera a pensarlo que fue con esa pluma, con esa pluma precisamente, con la que Dios escribió la historia pasada, presente y futura del mundo.

Sobre la naturaleza perversa de los objetos

“Y entonces, para mi caída final e irrevocable,
se presentó el espíritu de la perversidad”



(“El gato negro”, Edgar Allan Poe,
traducción de Julio Cortázar)


Los objetos nos rodean por doquier: en nuestras casas, en la oficina, en las calles. Allí donde miremos, un objeto nos devolverá siempre su mirada fría, indiferente, mecánica. Estamos tan acostumbrados a su presencia constante que es posible que, en realidad, nunca los hayamos visto realmente.

Nos vestimos con ellos, dormimos sobre ellos, les confiamos nuestros sueños y nuestros anhelos, los introducimos en nuestros cuerpos, en los de nuestras parejas, en los de nuestros hijos. Apenas reparamos en ellos, y sin embargo…

Sin embargo, de cuando en cuando sentimos algo al sostenerlos en nuestras manos o al detenernos más de un segundo a pensar en ellos: un cierto peso, un relámpago helado en las tripas, tan fugaz que es casi imperceptible, tan leve como el rayo de luz que, al escapar por la puerta entreabierta de un farol encendido, horada las tinieblas. Y al otro lado de esas tinieblas, tan sólo el objeto contemplándonos, ese ojo abierto y febril.

Si en ese momento, con el eco del escalofrío reverberándonos aún en las entrañas, nos detuviéramos a examinarlo, tal vez comprenderíamos que la pluma no es sólo una pluma, que el bloque de apartamentos no es sólo un bloque de apartamentos, que la grapadora que nos disponemos a utilizar para unir las hojas de un informe tiene dientes y aprovechará la menor ocasión para utilizarlos. Que, en realidad, tiene hambre y una inteligencia latente y primitiva dispuesta a ponerse en marcha en cualquier momento.

Que la cama en la que dormimos puede convertirse (y lo desea, lo desea con toda su alma) en un lecho mortuorio. Quizá no hoy, quizá mañana tampoco, pero algún día. Que una simple goma de borrar podría un lunes lluvioso por la tarde (y lo desea, qué duda cabe, porque está en su naturaleza) borrar la línea equivocada de un dibujo, luego el papel, luego la mesa, las rodillas bajo la mesa, y por fin abrir un agujero en el tejido del Universo que devorase el mundo.

¿Es absurdo pensar esto? Tal vez. Es posible que esa perversidad no habite en los propios objetos sino, como aseguraba Poe, en nosotros mismos, en nuestra mirada, siempre viciada por unos procesos mentales que no alcanzamos a comprender del todo. Pero la sensación, aún así, persiste como un zumbido debajo de todo lo que oímos, como la sombra que está en la base de cuanto vemos y que hemos aprendido a ignorar, convencidos de que se trata de nuestra propia nariz.

Bien, quizá no lo sea. Quizá merezca la pena pararnos a pensar, a mirar prescindiendo de la memoria, a ver en realidad.

Lo que sigue es un intento de hacer precisamente eso, mi intento. Usted puede intentarlo también, y estaré encantado de saber qué ha encontrado.

En tanto, recuerde:

Tal vez este blog no sea sólo un blog.